Este nuevo año 2020, cada mes, el Hno. Félix Benedico nos mandará una reflexión. Os dejamos con la primera del mes de enero.

Estoy ojeando un librico que me han pasado cuyo título llamó mi atención: “Oraciones <chungas>” de José Fernández del Cacho.
Leyendo algunas  que hacían oración las cosas chungas de la vida, llegué a las páginas finales donde encontré está leyenda, me gustó y os la ofrezco para este inicio de año.

“Érase una vez que la Virgen, con el Niño Jesús en sus brazos, decidió bajar a la Tierra y visitar un monasterio.

Orgullosos, todos los religiosos formaron una gran fila y cada uno llegaba ante la Señora para rendirle su homenaje. Uno le enseñó sus libros escritos de Teología, otro mostró sus ilustraciones de la Biblia, un tercero dijo el nombre de todos los santos. Y así, uno tras otro, todos fueron homenajeando a la Virgen María y al Niño Jesús.

En el último lugar de la fila había un religioso, el más sonriente, el que siempre estaba hablando y que muchas veces “metía la pata”, que nunca había aprendido los sabios textos teológicos de la época, pero que decía sus  homilías con naturalidad, con cercanía. 

Sus padres eran personas sencillas, que trabajaban en un viejo circo de los alrededores; todo lo que le habían enseñado era arrojar varias bolas al aire y hacer algunos malabarismos.

Cuando le llegó el turno, los otros religiosos querían poner fin a los homenajes, porque el antiguo malabarista no tenía nada importante que decir y podía desdecir la imagen “seria” del monasterio.

Sin embargo, en el fondo de su corazón, también él sentía una inmensa necesidad de dar alguna cosa de sí para Jesús y la Virgen María.

Un poco avergonzado, sintiendo las miradas reprobatorias de los miembros de la comunidad, sacó del bolsillo unas naranjas y empezó a lanzarlas al aire haciendo malabarismos, que era lo único que sabía hacer un poquito bien.

Fue en este instante cuando el Niño Jesús sonrió y comenzó a batir palmas desde los brazos de Nuestra Señora. Y la Virgen extendió sus brazos al “payaso”, dejando que sostuviera un rato al divino Niño.

“Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté dentro de vosotros y vuestra alegría sea completa.” (Juan 15, 11)

Dios es luz, humor, cariño y amor. Dios, si es amor, es humor. No tengo dudas. Jesús le sacó alguna vez la lengua a su primo Juanito… El amor es alegría  y múltiples sonrisas de colores.

Que Dios tiene sentido del humor es evidente. Si es inteligente, y lo es, tiene sentido del humor. Basta echar una ojeada con el prisma de la eternidad para ver las cosas de otra manera.

En la medida en que Dios sea un ser lejano, no se le puede hablar de tú, ni se le puede hablar como a un amigo.

Por todo esto, Señor, ¿cómo agradarte si no es con la propia existencia?, ¿cómo entrar en comunión contigo si no es desde el corazón?, ¿cómo amarte si no es desde lo más íntimo de mí?

Por eso, cuando puedas, después de rezar alguna oración “chunga”, di: Padre, Hermano, Amor.

Y Dios estará con una sonrisa grandota, orando en ti.

(Obra citada, páginas: 123, 124 y 125)

Paterna, 8 de diciembre de 2019.
Por la transcripción: Hno. Félix Benedico

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