Con el símbolo de las gafas y el gesto de la ceniza, iniciamos la Cuaresma como un tiempo para “ajustar la mirada” y volver a lo esencial.

Hoy hemos celebrado en el colegio el Miércoles de Ceniza, una jornada muy especial con la que la Iglesia da comienzo a la Cuaresma: cuarenta días para parar, revisar y reorientar el corazón. Lejos de ser “una tradición más”, este momento nos invita a mirar la vida con más verdad, a reconocer lo que nos pesa y a abrirnos a un cambio real.

La celebración ha estado marcada por el lema del curso, “Comprométete con la Vida: ¡A podar!”, y por un símbolo cercano y muy visual: las gafas. En el altar, un árbol seco, una mesa con gafas y el cuenco de ceniza nos han ayudado a entrar en un ambiente de silencio y reflexión, acompañados por música suave. En la pantalla, una frase que nos ha interpelado desde el primer momento: “No vemos el mundo como es… lo vemos como somos.”

A continuación, una dinámica previa al Evangelio nos ha hecho sonreír… y pensar. Tres alumnos han representado distintas maneras de mirar la realidad: gafas sucias (todo borroso), gafas con filtro rojo/negro (todo negativo) y gafas de sol oscuras (no querer ver nada). Una imagen sencilla para expresar algo que nos pasa a todos: a veces la vida se nos llena de “filtros” como el egoísmo, la envidia, el postureo o la indiferencia, y acabamos viendo mal a los demás, a nosotros mismos y hasta a Dios.

La Palabra proclamada hoy nos ha recordado el estilo de Jesús: hacer el bien sin espectáculo, rezar sin aparentar y vivir sin fachada, desde la verdad interior. Y, después, ha llegado el momento central: la imposición de la ceniza, con la fórmula “Conviértete y cree en el Evangelio”. Un gesto humilde que nos recuerda que la vida es frágil y que lo importante no son las apariencias, sino lo que construimos en lo profundo.

Como signo compartido, cada alumno ha recibido un pequeño papel (en forma de hoja o de gafas) para escribir aquello que le está haciendo “mirar mal” la vida. Después, lo han depositado a los pies del árbol, en una mezcla de tierra y ceniza: un símbolo precioso para expresar que lo que parece error o resto, en manos de Dios puede transformarse en abono y en vida nueva.

Una llamada clara y esperanzadora: la Cuaresma no va de estar más tristes, sino de ver más claro. Ver a quien sufre, ver a quien está solo, ver lo que de verdad importa… y descubrir que Dios ya nos mira con amor. Hoy empezamos este camino de cuarenta días no para ser perfectos, sino para ser más de verdad.

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